Escribir: un desahogo

Ayer le quitaron el respirador a mi padre y estuvo consciente por primera vez después de dos semanas en la UCI. Lo primero que hizo, según le explicaron a mi madre por teléfono, fue preguntar por su mujer y sus hijos. Y la doctora le dijo que no habían podido contactar con nosotros ese día. Resulta que, a veces, nos llaman a casa y otras al número de móvil de mi padre que debe estar desconectado en algún armario del hospital desde hace tiempo. “Buenas noticias”, pensé, mezcladas con preocupación. ¿Qué habrá sentido mi padre al preguntar por nosotros y que no pudieran decirle nada?

Parece que las buenas noticias nunca llegan netas estos días. Como tu sueldo de autónomo al que hay que descontar el IRPF, tu cuota mensual y lo que te toque pagar cada trimestre.

Los teatros están cerrados así que, hasta nuevo aviso, me he quedado sin trabajo. Y como mi madre y yo hemos estado en contacto con un positivo de Coronavirus, nuestra cuarentena es al cien por cien. Mi hermano y mi cuñada nos traen la compra a casa y la dejan en la puerta. Por responsabilidad. Aunque, afortunadamente, ni mi madre ni yo tenemos ningún síntoma.

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‘La venganza de la pantera rosa’ (1978)

Encerrado en este piso todas las horas del día, he intentado aprovechar para poner en marcha alguno de mis proyectos más personales. Tengo un listado bastante largo, tristemente, abandonado: una novela, un libro de historia del cine, un monólogo, una antología de relatos y tres ideas diferentes para tres obras de teatro. He intentado ponerme con ellos en diferentes ocasiones pero me ha resultado imposible. Estos días, soy incapaz de escribir nada que no sea un desahogo. Un poema sobre cómo me siento. Una escena sobre alguien en la misma situación que yo. O este texto que todavía no sé si compartiré en redes sociales o lo borraré al terminar, como otras veces.

Paso el rato viendo series. O le pongo una película a mi madre. Vimos ‘Con amor, Simon’ y tardó 45 minutos en darse cuenta de que el protagonista es gay. Conmigo tardó 25 años, así que creo que lo podemos considerar un avance. También vimos ‘Viaje al cuarto de una madre’ y me dio las gracias por elegir una película pensando en que fuera de su gusto aunque, probablemente, a mí no me interesara nada. Lo cierto es que me encantó, pero no se lo dije. No sé por qué. No se me da muy bien lo de expresar mis sentimientos a viva voz, cara a cara, pero si elijo una película para ver contigo, probablemente, es que te quiero un montón.

También vimos ‘Mula’ de Clint Eastwood y fue como estar un rato con mi padre. De hecho, mamá dijo en un momento: “Esta película ya la hemos visto”. Es algo que hace a menudo.

Donde los trompazos no dolían

Cuando era pequeño, era mi padre el que me ponía películas a mí. Sobre todo, comedias de los años 50 y 60. Nuestros actores favoritos eran Bob Hope, Peter Sellers, Jerry Lewis y Jack Lemmon. Para un niño solitario como yo, era lo más parecido a sentirme acompañado. Soñaba con que la vida fuera tan divertida como esas historias de la pantalla de mi televisor, donde los trompazos no dolían y siempre triunfaba el amor.

Ahora que la vida se parece más a una película de catástrofes de Roland Emmerich que a ‘El guateque’, sin embargo, me siento afortunado. Porque mi padre se está recuperando y el resto de mi familia y amigos están bien, sin tener en cuenta, todavía, las consecuencias económicas que nos supondrá todo esto. Primero, la salud y después la economía. También es así como funciona mi gestión emocional. Cada uno lo lleva como sabe y como puede.

Una amiga mía que es doctora me escribió un WhatsApp, después de una jornada de trabajo infernal en el hospital, para preguntarme por el estado de salud de mi padre. Le puse al día y le di las gracias: “¡Ánimo! ¡Eres una heroína!”. Y ella me contestó: “No. Los héroes de verdad son las personas como tu padre y vosotros. Eso sí que es duro. Nosotros estamos trabajando”. Y pensé que tenía razón. Por supuesto, sigo creyendo que ellos son los héroes más importantes en esta tragedia. Pero hay muchos más: enfermos, fallecidos, sus familiares, gente mayor, los niños, los que han perdido el trabajo, los que tienen que ir a currar obligados por jefes sin escrúpulos, los que no tienen casa, las cajeras de supermercado, las farmacéuticas, las limpiadoras, los pequeños empresarios, los autónomos…

Al final, resulta mucho más fácil fijarse en los que no lo son. Los que no están a la altura. Los que, en circunstancias como esta, merecen todo nuestro desprecio por su egoísmo, codicia y mezquindad. Porque, además, son los de siempre. Esta no es la primera crisis que nos toca vivir aunque espero que, por su dimensión, sea la que lo cambie todo. Al menos, en nuestras conciencias.

Copywrite: Iván F. Mula