La parte por el todo

Mi amigo Daniel me pregunta si nunca más voy a escribir cosas que de verdad le importen a la gente. Cuando mi amigo Daniel habla de la gente, en realidad, se refiere a sí mismo. No nos engañemos: es algo que todos hacemos a menudo. La vieja fórmula de creer que lo particular encierra un resumen conciso de lo universal. Eso de tomar la parte por el todo; especialmente, cuando la parte somos nosotros.
«¿A qué te refieres?», le pregunto. Según Daniel, nadie quiere leer críticas de cine, de televisión y mucho menos de teatro. «La gente no va al teatro, ¿cómo les va a importar tu opinión sobre algo que ni siquiera han visto?», dice. Hablar en nombre de la gente es un vicio que el ser humano ejerce como un derecho. Se sirven de su condición de persona para apelar a la humanidad entera o, en casos más modestos, a una amplia mayoría de individuos razonables que, curiosamente, opinan lo mismo que el que habla.
«Di lo que quieras», respondo, «pero me leen más que nunca». Daniel cree que debería escribir relatos como los de antes. De esos en los que contaba anécdotas inspiradas en mi vida. «Eso es lo que le gusta a la gente», dice Daniel.

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Leo en el tren camino de Barcelona que la NASA ha comunicado que algunas de las estrellas fugaces que vemos desde la Tierra son, en realidad, heces de astronauta. De inmediato, me asaltan dos posibles lecturas de la noticia. Desde una óptica positiva, podríamos concluir que hasta los excrementos, acumulados minuciosamente en el espacio, tienen el potencial suficiente como para brillar en el negro firmamento; como un gusano sideral que, al final de sus días, se convierte en mariposa. También podemos, no obstante, considerar lo contrario. ¿Cuántas personas en el mundo habrán depositado, apelando a su fulgor, sus más íntimos deseos a un haz de luz sin saber que, en realidad, no era más que un montón de mierda en llamas?
Le digo a mi amigo Daniel que no se preocupe. Que estoy escribiendo un libro de relatos y que pronto podrá volver a leerme. «Sí, eso dices siempre», contesta, «pero, llevas años con él. ¿Cuándo vas a terminar, por fin, el maldito libro?». Las preguntas de Daniel son como estrellas fugaces: nunca sabes, de verdad, lo que su resplandor esconde.
Hace ya más de un año que cerré Nihilantropía y, desde entonces, me han pedido, en no pocas ocasiones, que vuelva a escribir relatos como los que allí publicaba. Toda esa gente silenciosa que me leía con discreción ha aparecido después reclamando mi retorno.
«Echo de menos leerte», confiesa Daniel, acariciándome el corazón con sus palabras (o el ego, según se mire). El caso es que yo lo añoro también. Pasé tantos años ficcionando todo lo que me ocurría en mis escritos que, cuando dejé de hacerlo, sentí que daba por concluida mi vida.

Fragmentos de un todo inconexo

Termino de leer la actualidad cósmica en mi móvil y saco, todavía en el tren, mi vieja libreta: esa parte de mí que me representa mejor que yo mismo. Leo algunas anotaciones. Ideas sueltas de historias incompletas. Esbozos de cuentos y obras de teatro. Títulos sin argumento. Diseños de personaje sin trama. Fragmentos de un todo inconexo con los que no sé qué hacer.
Es ya de noche y miro por la ventana del tren. Acerco mi cara al cristal, cubriendo con mis manos el contorno de mis ojos para poder ver a través de él la oscuridad del cielo. «Entonces, ¿qué?», pregunta Daniel en un mensaje de texto. «Si veo una estrella fugaz, vuelvo a publicar relatos de los que pide la gente», me digo, depositando toda la responsabilidad de mi decisión en un fenómeno atmosférico. De pronto, en el firmamento un pequeño punto centellea y cae, ingenuo y veloz, acompañado por su difuminada cola. «Pero tienes que contar la verdad», dice Daniel, «no lo adornes todo, como siempre».
«¿A quién le importa la verdad?», le digo. ¿A quién le importa si es estrella o excremento mientras que ilumine el cielo?
COPYRIGHT: Iván F. Mula
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