‘Fargo’ (T2): La desolación de los buenos

Tras una espléndida primera temporada, Fargo tenía el reto de continuar una historia cerrada y, por lo tanto, reinventarse para seguir adelante, sin bajar el listón ni defraudar a sus seguidores. De entrada, cabe decir que la serie ha conseguido el objetivo: sigue teniendo buenos guiones, un sentido del humor macabro, suspense y violencia a raudales y mantiene vivo el espíritu de los Coen.
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Es curioso que esta propuesta televisiva, ganadora del Globo de Oro a la Mejor Miniserie, aúne dos de las corrientes más de moda en estos tiempos. La primera es la de adaptar una película ya existente, como han hecho este mismo año Doce monos, Scream o Minority Report, entre muchas otras. Por otro lado, recoge también la tendencia a hacer series de antología, donde cada temporada nos ofrece una nueva historia dentro del mismo universo, de las que son máximos representantes ahora mismo American Horror Story y True Detective.
El tiempo, por cierto, pone a cada cosa en su sitio. Después de la desastrosa nueva temporada True Detective, ya nadie habla de la comparativa/rivalidad con Fargo que ha demostrado, con creces, haber ganado la carrera de fondo.
Y es que Fargo ha hecho una jugada muy inteligente: trasladar la acción a 1979 y, con ello, darle un toque vintage a la estética de este peculiar microcosmos de sangre y nieve. Además de visualmente, el salto en el tiempo aporta un reflejo social más fuerte del momento, con el trasfondo de reivindicaciones raciales y feministas y el desencanto post-guerra de Vietnam. Así, su creador, Noah Hawley, parece querer decirnos que la violencia de la sociedad que retrata viene de lejos y que el horror y el patetismo estaba ya en las entrañas de nuestros padres.
Por lo demás, las tramas se han vuelto más complejas. Hay más personajes y menos individualismo. Los conflictos se suceden entre bandas (incluida la policía). Y, aunque a veces se echa de menos la simplicidad de la temporada anterior, sigue habiendo personajes interesantes como el matón que no para de hacer reflexiones en voz alta, la jefa mafiosa de la tercera edad o la desequilibrada esteticista que interpreta Kirsten Dunst.
La desolación de los personajes que tratan de hacer lo correcto y seguir el código ético en el que creen sigue presente y es, de largo, lo más interesante de la serie. Su perplejidad ante lo absurdo de la violencia. Su soledad dentro de una sociedad despiadada, corrupta y sin principios. Da gusto cuando un producto sabe evolucionar tras el primer empujón y te deja con ganas de ver la siguiente entrega… cosa que, con el exceso de novedades en la parrilla, cada vez ocurre menos.
PUBLICADO EN: El Cotidiano
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