La palma de mi mano

Cuando era pequeño, siempre estaba haciendo preguntas que los adultos no sabían responder. La única que respondía siempre, en base a sus creencias, era mi abuela. Quizás porque los demás no tenían tiempo para prestarme atención o quizás porque ella era la única que todavía creía en algo. Aunque fuese una mentira.

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Una vez le pregunté por qué teníamos todos una eme escrita en la palma de mi mano. Mi abuela, con su olor a laca y su deje de pueblo almodovariano, respondió con celeridad: «Nos la ha puesto Dios al nacer. Es la eme de muerte. Y la llevamos todos porque todos vamos a morir algún día». Mi abuela hablaba de la muerte con la misma tranquilidad que quien habla de un libro que ha leído o de la receta tradicional para cocinar buñuelos de viento.
A mí aquella respuesta no solo me pareció razonable, también logró tranquilizarme. Yo tenía una inquietud misteriosa que fue resuelta con una solución concreta. Para la mente de un niño que quiere comprenderlo todo, fue toda una revelación. En seguida, quise compartir mi descubrimiento con todo el mundo. Pasé toda la tarde mirándome la palma de la mano, inspeccionando cada surco, preparando mi explicación para exponerla al día siguiente a mis compañeros de clase de segundo de E.G.B.
Aquella noche, dormí tranquilo. Mi madre, a la mañana siguiente, con sus prisas habituales, me puso el jersey verde que tanto me picaba y los pantalones de pana marrón. Me puso el abrigo de plumas negro y estiró de mi brazo con urgencia por la calle que llevaba al colegio al que me entregó tras un breve achuchón como todos los días.
Primero de todo, probé a contárselo a mi amiga Matilde que se sentaba a mi lado pero no mostró mucho interés. Ella era más de plastilina que de interrogantes de la naturaleza. Después a Jorge, un chico que no era muy listo pero que siempre me prestaba atención. Tampoco a él le pareció relevante. Al parecer, ni siquiera se había dado cuenta de que todos llevamos una eme escrita en la palma de la mano. Finalmente, lo compartí con el resto de compañeros que se sentaban a mi alrededor pero no obtuve la respuesta que esperaba.

Las profesoras son muy listas y lo saben todo

Al acabar las clases, justo antes de salir del aula, decidí contárselo a la profesora, buscando algo de complicidad adulta, aunque, suponía que eso era algo que ella había descubierto ya hacía mucho, porque las profesoras son muy listas y lo saben todo. «Señorita», le dije, «¿tú sabías que todos tenemos una eme de muerte escrita en la mano?». La profesora, que habitualmente me trataba con serenidad y cariño, pareció asustarse. Abrió mucho los ojos y dio un pequeño paso atrás. Un segundo después, tratando de controlar su reacción, moviendo mucho sus manos algo temblorosas, se agachó y me agarró del brazo con suavidad. «No es una eme de muerte», dijo. «La muerte es algo terrible. Es una eme… de… melocotón».
Aquello no tendría sentido. ¿Por qué iba Dios a ponernos al nacer a todos en la palma de la mano una eme de melocotón? Y si no había sido Dios, ¿quién había sido? Aquella conversación me dejó lleno de dudas pero, sobre todo, no podía quitarme de la cabeza el miedo que percibí en sus ojos. Un miedo nuevo para mí. Yo sabía desde muy pequeño que me iba a morir y que toda mi familia también. Lo que no sabía hasta que me lo dijo mi profesora es que aquello era algo terrible. Yo pensaba que era una transición y que, simplemente, mi alma se iría al cielo con el abuelito y mi perro Chispas que lo atropelló un coche un día que se escapó en el parque.
Mi abuela vino a buscarme, como todos los días, pero yo no quise volver a sacar el tema. Mientras me lavaba las manos, antes de comer, intenté borrar las dichosas líneas. Fue imposible. No se puede borrar tan fácilmente lo que te pone Dios al nacer. Me preguntaba si mi abuela sabía que la muerte era algo terrible y no me lo quería decir o, simplemente, prefería no pensar en eso, ya que era muy viejecita y le tocaría pronto. Cuando volvió mi madre y mi abuela se marchó a su casa, le di un abrazó de despedida más fuerte y más largo que  nunca.
Esa noche, no pude dormir. Por primera vez, tenía dudas de que el cielo, de verdad, existiese.
COPYRIGHT: Iván F. Mula
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